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2020

Hajichi, una tradición perdida

Okinawa es la más grande y  la más importante de las Islas Ryukyu. Esta cadena de islas se extiende sobre el Océano Pacífico occidental entre Japón y Formosa. Invadida por guerreros japoneses en 1609, Okinawa se convirtió en prefectura japonesa en 1879. La derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial llevó a la ocupación estadounidense hasta que las islas volvieron a ser Japón en 1972.

Okinawa tiene su propia leyenda sobre el tatuaje y esta cuenta que una vez un noble japonés quiso llevarse a una princesa Rukyuan. Esta se tatuó las manos y los brazos en secreto con tinte púrpura para que su pretendiente creyera que había contraído una enfermedad de la piel y abandonara su plan. Entonces, el tatuaje se puso de moda entre las mujeres de la isla y cada familia tenía su patrón individual. 

En 1879 los japoneses ilegalizaron los tatuajes en la isla.

Cuando Okinawa pertenecía al Reino de Ryukyu (1429-1879), tatuarse el dorso de las manos de las mujeres era una práctica común, y los tatuajes eran admirados por hombres y mujeres por sus elaborados diseños.

Pero pocas personas, especialmente en el extranjero, conocen el lado oscuro de esta historia.

Los tatuajes, conocidos como Hajichi, pasaron de ser una fuente de admiración a un imán para la exclusión social cuando los japoneses lo prohibieron.

Durante el período en que prosperó el Reino de Ryukyu, el dorso de las manos de las mujeres estaba adornado con Hajichi de varios patrones en tinta azul oscuro o púrpura. Los tatuajes eran una forma de evitar la mala suerte y evitar que se los llevaran a los naichi, un término que se usa para distinguir la isla principal de Japón de Okinawa y Hokkaido.

Los diseños también fueron vistos como una expresión de esperanza de que las mujeres pudieran llevarse bien con sus suegras; habían soportado el dolor de hacerse un tatuaje.

Los hombres anhelaban a las mujeres con Hajichi, ya que creían que como tenía las manos bonitas podrían preparar cocina deliciosa. Las mujeres competían para ver quién tenía el diseño más bonito.

Pero esto cambió en 1899 cuando el gobierno de Meiji prohibió el arte de tatuar por completo, creando la opinión de que los tatuajes eran algo de lo que avergonzarse.

Los infractores fueron castigados. Si las mujeres iban a la escuela con Hajichi, los maestros las regañaban y algunas tenían la piel quemada con ácido clorhídrico, hasta en algunos casos, las mujeres se veían obligadas a divorciarse de sus maridos.

El Hajichi se consideraba un tabú y se asociaba con la vergüenza, lo que a veces provocaba discriminación hasta tal punto que las mujeres con tatuajes evitaban que les tomaran fotos de frente, para ocultar sus manos.

Estos tatuajes eran como símbolos de la transición de la adolescencia a la feminidad y también como indicadores de estatus social.

En los tatuajes de las clases bajas, los símbolos que usaban eran puntas de flecha, círculos y cuadrados. Según los historiadores, la punta de flecha representaba a las hijas que nunca volverían a sus familias una vez que se casaran, al igual que las puntas de flecha nunca regresan a su origen. El círculo representaba un hilo enrollado y el cuadrado representaba una caja de costura. Estos dos elementos eran importantes porque en ese entonces una niña no podía casarse si no sabía coser.

Ejemplos de los motivos que se solían realizar

Las mujeres Uchinanchu que provenían de familias de clase alta tenían tatuajes más intrincados y ornamentados que a veces llegaban hasta los brazos. Pero poco se sabe sobre estos tatuajes de clase alta ya que no hay casi información. 

Independientemente de su estatus, se decía que todas las mujeres Uchinanchu valoraban su Hajichi sobre su riqueza, sus maridos y la vida misma, ya que se pensaba que los tatuajes protegían el mal, garantizaban seguridad y traían felicidad.

Algunas mujeres Uchinanchu continuaron practicando el hajichi incluso después de la prohibición, pero la práctica disminuyó lentamente con los años.

El hecho de que todas las mujeres con Hajichi hayan muerto, sin dejar a nadie con quien compartir experiencias directas, significa una falta de un sentido vivo de la historia, sobre la historia de la discriminación.

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